“-Espero que no me la haya violado. – se lamentó la señora Hill.
-¿A quién? – interrogó el encargado algo confuso.
- A la gata. Este tipo de gente es capaz de cualquier cosa.” – p. 189-190
Como hemos visto en las otras obras que hemos leído este semestre, a menudo los inmigrantes encaran los estereotipos que los americanos tienen de ellos. Escribí de Yolanda en De cómo las muchachas García perdieron sus acentos y cómo Rudy piensa que es una latina rebelde y “hot” porque es dominicana. Aquí se puede ver que los inquilinos del edificio también albergan estereotipos sobre Juan, el portero. Cuando descubren que Juan se había estado reuniendo con los animales de los inquilinos, piensan (con buena razón) que él los había robado. Pero las sospechas no terminan con sólo el robo; la señora Brenda Hill cree que Juan ha violado su gata, porque “este tipo de gente es capaz de cualquier cosa.” No piensa en lo ridiculísima es su acusación. Realmente piensa que Juan podía hacer tal cosa como violar una gata. Además, el súper no la cuestiona. Los dos pertenecen a la cultura dominante, la americana, y por eso toman una actitud superior hacia el portero. Es decir, el portero es ‘otro’ y como consecuencia tiene valores y tradiciones diferentes, diferentes al punto de ser asquerosos. En este instante Juan no tiene una voz (¿quién va a creer que los animales empezaron a hablar con él, y no al revés?), y por eso sufre los efectos dañosos que tienen los estereotipos.
“Tenemos ante nosotros sus historias clínicas y sus números. Y decimos 'número' y no 'nombre,' pues, una vez ingresado, el enfermo es codificado por el número que se estampa en su uniforme. Así, nuestro portero dejó de llamarse Juan para responder al número 23.666.017.” p. 220
Cuando se le lleva a Juan al hospital psiquiátrico, se le da un número y Juan deja de ser “Juan” sino se hace 23.666.017. También hemos hablado de la importancia del nombre para una persona; es tal vez una de las cosas más básicas que nos define, que nos hace diferentes de cualquier otra persona. Cuando Juan pierde su nombre, pierde su identidad y se hace sólo uno de muchísimos. Puede simbolizar cómo los ven los americanos a los inmigrantes; todos son iguales porque todos son inmigrantes latinos. Este punto relaciona con la discusión de los estereotipos. Creo que, en alguna manera, es más fácil para los humanos pensar en otras personas como un grupo homogéneo. Nos gusta categorizar a otros. Juan ahora deja de ser “único,” y empieza a ser como todos los demás – un loco sufriendo de alguna enfermedad mental.